[ El espejo de la muerte ]
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[ El espejo de la muerte ]
Un pequeño relato corto para leer... *_* [espero que no os aburrais]
Miles de historias se han escrito sobre espejos...; espejos mágicos, espejos viejos, espejos malditos, etc... Pero esta historia es distinta... y talvez, rara por contener inocencia en tanto misterio. Lo sé, porque lo ví, porque yo hago parte de esta historia. Mi nombre es Lucía. Recuerdo que tenía pocos amigos en ése pueblo. Mi casa estaba en las afueras, lo más alejada posible... recuerdo que aquella casa la había heredado de mi fallecido padre, que murió misteriosamente sin dejar rastro. Era una casa muy bonita, un poco vieja y hueca, donde el silencio se hacía mayúsculo entre las habitaciones vacías. Mi cuarto era mi división preferida, cuando hallé aquella casa, ésta ya venía amueblada, y mi cuarto era una preciosa habitación rodeada de encajes blancos y cortinas de seda; una verdadera casa de princesas. Pero las restantes habitaciones eran todas de muebles de madera oscura y polvorienta.
Todo empezó una tarde de invierno en la que mi jardín había quedado completamente helado, y las copas de los árboles estaban pobladas de un polvo blanquezino. Yo estaba en mi salón, tomando un chocolate caliente. La casa entera parecía cobrar vida, y se escuchaban ruidos, pero yo ya estaba acostumbrada. Pero aquél día... fue distinto... había una respiración, alguién estaba en mi cuarto.
Me levanté y con pasos cortos me acerqué a mi cuarto. La puerta estaba suavemente entornada, y había una figura blanca, casi destellante como el Sol, dentro sobre mi cama. Miré através de la rendija de la puerta y observé una figura masculina, repleta de inocencia y sinceridad; un chico de tez blanquecina, como la de los ángeles, con un pelo rubio y perfectamente peinado, un poco largo, casi por el cuello. Estaba de espaldas, pero casi podía vislumbrar su cara perfecta. Sin más, me tiré hacia ese chico, abriendo la puerta con descaro.
Su cara se giró y su ingenuidad se esfumó... sus ojos eran negros, opacos y violentos. De ellos, como dos lágrimas, brotaban finísimos chorros de sangre. Yo acerqué mi mano para limpiarle la sangre, aquellas lágrimas que se derramaban de sus ojos negros. Sujeté su cara en mis manos y fue ahí... fue ahí que aquel ángel caído se esfumó en mis brazos. Todo su masculino cuerpo se transformó en cenizas, cenizas rojas y grises, como el ave fénix. La ventana de mi cuarto se abrió de golpe, el cuarto entero parecía cobrar vida, pues todos los muebles parecían gritar y gritar. Pero cuando la ventana se abrió, mi jardín helado ya no estaba ahí, sino había una otra habitación, pero ésta estaba completamente vacía. Sujeté mi pelo rojizo como la fresa en una coleta e intenté colarme por la ventana, arrugando mi vestido azul. Cuando llegué al otro lado, la habitación pareció estrecharse hasta convertirse en un largo pasillo oscuro... a lo lejos había un espejo.
Avanzé cuidadosamente hasta verme al espejo. Mi figura y mi rostro parecía mucho más esbelta y linda, y mis facciones se habían embellecido. Sin embargo, mis ojos estaba negros como dos pozos secos. De ellos salían chorros de sangre. Yo estaba muy asustada, sin embargo, la chica del espejo enseñaba serenidad. Moví una mano para comprobar si esa chica era yo, y la figura correspondió el movimiento; era yo. Detrás de mi, en el espejo, apareció un chico - el mismo chico de antes. Giré para mirar si de verdad estaba detrás de mi, pero no. Sentí que alguién me tocaba, pero no había nadie. Sin embargo, en el espejo estaba allí el chico.
Mi cara empezó a cambiar, mi rostro se volvió rojo y gris y reseco como las cenizas, mis huesos se notaban en mi cara muy delgada... parecía el mismísimo rostro de la muerte. Sentí mis labios húmedos, y alguién me besaba... pero no había nadie, ni siquiera en el espejo.
«Llegó tu hora», susurró una voz.
Antes de que pudiera reaccionar, mi padre apareció con un hacha. Quise gritar, pero un humo cubrió mi cara, antes de sentir un cuchillo clavandose en mi espalda.
- Papá... - susurré, antes de que mi cuerpo entero se transformara en polvo.
Miles de historias se han escrito sobre espejos...; espejos mágicos, espejos viejos, espejos malditos, etc... Pero esta historia es distinta... y talvez, rara por contener inocencia en tanto misterio. Lo sé, porque lo ví, porque yo hago parte de esta historia. Mi nombre es Lucía. Recuerdo que tenía pocos amigos en ése pueblo. Mi casa estaba en las afueras, lo más alejada posible... recuerdo que aquella casa la había heredado de mi fallecido padre, que murió misteriosamente sin dejar rastro. Era una casa muy bonita, un poco vieja y hueca, donde el silencio se hacía mayúsculo entre las habitaciones vacías. Mi cuarto era mi división preferida, cuando hallé aquella casa, ésta ya venía amueblada, y mi cuarto era una preciosa habitación rodeada de encajes blancos y cortinas de seda; una verdadera casa de princesas. Pero las restantes habitaciones eran todas de muebles de madera oscura y polvorienta.
Todo empezó una tarde de invierno en la que mi jardín había quedado completamente helado, y las copas de los árboles estaban pobladas de un polvo blanquezino. Yo estaba en mi salón, tomando un chocolate caliente. La casa entera parecía cobrar vida, y se escuchaban ruidos, pero yo ya estaba acostumbrada. Pero aquél día... fue distinto... había una respiración, alguién estaba en mi cuarto.
Me levanté y con pasos cortos me acerqué a mi cuarto. La puerta estaba suavemente entornada, y había una figura blanca, casi destellante como el Sol, dentro sobre mi cama. Miré através de la rendija de la puerta y observé una figura masculina, repleta de inocencia y sinceridad; un chico de tez blanquecina, como la de los ángeles, con un pelo rubio y perfectamente peinado, un poco largo, casi por el cuello. Estaba de espaldas, pero casi podía vislumbrar su cara perfecta. Sin más, me tiré hacia ese chico, abriendo la puerta con descaro.
Su cara se giró y su ingenuidad se esfumó... sus ojos eran negros, opacos y violentos. De ellos, como dos lágrimas, brotaban finísimos chorros de sangre. Yo acerqué mi mano para limpiarle la sangre, aquellas lágrimas que se derramaban de sus ojos negros. Sujeté su cara en mis manos y fue ahí... fue ahí que aquel ángel caído se esfumó en mis brazos. Todo su masculino cuerpo se transformó en cenizas, cenizas rojas y grises, como el ave fénix. La ventana de mi cuarto se abrió de golpe, el cuarto entero parecía cobrar vida, pues todos los muebles parecían gritar y gritar. Pero cuando la ventana se abrió, mi jardín helado ya no estaba ahí, sino había una otra habitación, pero ésta estaba completamente vacía. Sujeté mi pelo rojizo como la fresa en una coleta e intenté colarme por la ventana, arrugando mi vestido azul. Cuando llegué al otro lado, la habitación pareció estrecharse hasta convertirse en un largo pasillo oscuro... a lo lejos había un espejo.
Avanzé cuidadosamente hasta verme al espejo. Mi figura y mi rostro parecía mucho más esbelta y linda, y mis facciones se habían embellecido. Sin embargo, mis ojos estaba negros como dos pozos secos. De ellos salían chorros de sangre. Yo estaba muy asustada, sin embargo, la chica del espejo enseñaba serenidad. Moví una mano para comprobar si esa chica era yo, y la figura correspondió el movimiento; era yo. Detrás de mi, en el espejo, apareció un chico - el mismo chico de antes. Giré para mirar si de verdad estaba detrás de mi, pero no. Sentí que alguién me tocaba, pero no había nadie. Sin embargo, en el espejo estaba allí el chico.
Mi cara empezó a cambiar, mi rostro se volvió rojo y gris y reseco como las cenizas, mis huesos se notaban en mi cara muy delgada... parecía el mismísimo rostro de la muerte. Sentí mis labios húmedos, y alguién me besaba... pero no había nadie, ni siquiera en el espejo.
«Llegó tu hora», susurró una voz.
Antes de que pudiera reaccionar, mi padre apareció con un hacha. Quise gritar, pero un humo cubrió mi cara, antes de sentir un cuchillo clavandose en mi espalda.
- Papá... - susurré, antes de que mi cuerpo entero se transformara en polvo.

rukssie- Motivao

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