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Mensaje  Hinata_Nione el Jue Sep 18, 2008 5:58 pm

En un pequeño pueblo, poblado de gente inculta y supersticiosa, llegó un hombre de noche, con semblante frío y pálido, vestido de terciopelo negro y rojo, tímidas ojeras asomando delicadamente bajo sus dos canicas sin vida, de andares pausados y elegantes. La gente ni se acercó a aquél ser, temiendo su naturaleza terrorífica.
El joven hombre buscaba refugio en algún lugar apacible, pero nadie se lo concedía, hasta que al fin una niña no mayor de doce años, de rosadas mejillas y sonrisa brillante, le preguntó si deseaba hospedarse en el hostal de sus padres.
-No es muy elegante-dijo-pero es mejor que nada.
Él asintió y la acompañó calle arriba, entremezclándose en calles no muy gratas, hasta por fin llegar al pequeño hostal. La muchacha le dio la mejor habitación, dónde el sol tocaba durante todo el día, pero la rechazó.
-Odio el sol-respondió con su voz lánguida y pausada.
-Entonces te daré una donde no toque nunca-le sonrió modestamente y le entregó la llave.
Los padres no pudieron negarse, ya que sepa Dios lo que les podría haber hecho ese monstruo de rostro helado y corazón de piedra.
Pasaron las semanas y el joven no se marchaba. Se sentía cómodo en el ambiente nocturno de aquél pueblecito encantador y la compañía de aquella niña revoltosa le agradaba.
El pueblo comenzó a temer que aquél monstruo radiante, de piel blanca y colmillos afilados, se quedará para siempre allí, así que debían hacer algo para que se fuera o tal vez matarle. ¿Pero cómo? No parecía tener puntos débiles, aunque quizá…
La primeriza adolescente no se apartaba de su lado en las horas nocturnas y comenzaba a no poder dormir antes del alba. Le encantaba escuchar los relatos del extranjero educado y un tanto extraño, cargados de misterio y suspense, con ciertos matices de terror que te helaban el alma.
El pobre maldito adoraba explicar sus aventuras, que siglos atrás no tendrían ningún valor y serían más bien poca cosa. Adoraba que después de tantos años alguien se quedara en su vera sin asustarse. Empezaba a experimentar de nuevo el sentimiento del amor que andaba muerto entre sus entrañas.
Pero la felicidad no es eterna y la gente del lugar pensó en un plan para quitárselo de encima. Raptarían a la niña, la que seguramente era su único punto débil, la matarían y le culparían a él. A causa de la pena se entregaría y podrían aniquilarlo.
Secuestraron a la joven en el bosque, cuando iba a pescar por orden de su padre. La llevaron más adentro y allí un precioso puñal de plata atravesó su jovial corazón. La sangre brotó como un chorro de agua fresca y cubrió la hierba con su dulce manto de hierro.
-Lo sentimos, pero era la única solución-dijo el autor del crimen.
Después, la cambiaron de ropa, disimulando la herida y le hicieron dos minúsculas heridas en el cuello, imitando a las de colmillos.
Entre cantos fúnebres trasladaron el cadáver hasta la posada y culparon al no muerto de lo sucedido. Su mundo se rompió como una bola de cristal al ser arrojada al suelo y mientras la pena le consumía, decidió entregarse aún siendo inocente.
Le ataron, aunque innecesariamente, en un poste de madera, en la dirección que sale el sol. Espero y espero, con el sufrimiento recorriendo cada milímetro de su cuerpo. Era mejor morir que estar sin ella, sin la luz de la esperanza que daba calor a su alma.
-Estoy bien-se decía oyendo los abucheos de la multitud-estoy….bien…es lo mejor que me sucederá nunca.
Y en cuanto el sol fue iluminando lentamente cada parte de la tierra con sus rayos, su piel comenzó a quemarse y a arder. Notaba el escozor en los ojos y el dolor en cada rincón, pero antes de desvanecerse por completo y transformarse en ceniza, entre la tranquila luz cegadora, pudo verla vestida de blanco, con su misma sonrisa picarona y sus hermosos ojos grises clavados en él.
-Ya te veo amada mía. Ya puedo saber donde estas-y así se entregó a los fríos brazos de la muerte sin prisa alguna, disfrutando de la dulce visión que su último aliento le ofrecía.

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